Familia

El esperado reencuentro de los padres con su hijo…

Artem estaba sentado en un viejo vagón de tren y miraba por la ventana. Afuera, los campos nevados, las casas escasas y las oscuras siluetas de los bosques pasaban rápidamente. El tren se balanceaba, y la mayoría de la gente en el vagón dormitaba. Alguien hablaba en voz baja por teléfono, otros miraban pensativos por la ventana, como él. En el aire flotaba el olor a polvo, metal y el suave aroma del té de alguien. A lo lejos, se escuchaban los rítmicos golpes de las ruedas, hipnóticos y evocadores de recuerdos.

Viajaba a su ciudad natal, a la que no había regresado en más de cinco años. Nunca encontraba tiempo: trabajo, asuntos, viajes de negocios. Mientras tanto, la vida de sus padres continuaba sin él. Trataba de convencerse de que las llamadas sustituían la presencia, que el «pronto» no significaba para siempre. Pero ese “pronto” se extendía por años, y la voz familiar de su madre sonaba cada vez más suave por teléfono.

Esta vez, la llamada fue especial. Su madre hablaba con un tono tranquilo, con una cierta fatiga en su voz. “Ven, hijo, si puedes” — y nada más. Sin las preguntas habituales, sin reproches, sin esperar una respuesta. Esa breve frase era más inquietante que cualquier larga conversación. No hizo preguntas innecesarias. Empacó sus cosas, canceló todos los compromisos y se subió al primer tren, conjeturando qué le esperaba.

La casa lo recibió con silencio. Una casa de ladrillo de dos pisos en las afueras. Había luz en la ventana, su madre no estaba dormida. Después de tantos años, todo seguía igual: la misma cerca con la pintura descascarada, el mismo umbral chirriante que su padre nunca arregló. Artem llamó a la puerta, sujetando la maleta, y después de unos segundos se abrió.

Su madre parecía haber envejecido. Había más arrugas, su cabello estaba visiblemente canoso, pero sus ojos aún brillaban con alegría. Lo miró, como si tuviera miedo de creer que estaba allí, y luego lo abrazó con fuerza.

— Llegaste, —su voz tembló, pero enseguida sonrió. — Entra, vamos a cenar.

En la casa olía a pasteles y té recién hecho. Todo era como en su infancia: el mantel de encaje, la antigua librería, la luz acogedora de la lámpara. En la pared colgaban viejas fotografías: él de niño, su padre joven y lleno de energía, su madre riendo y abrazándolos a ambos. Solo que ahora su padre estaba sentado en la esquina, en silencio, con un bastón en las manos. En la habitación hacía calor, pero Artem sintió un ligero frío por dentro.

— Hola, papá, —se sentó enfrente. — ¿Cómo estás?

Su padre asintió, estrechándole la mano. Esa mano que alguna vez fue fuerte y segura, ahora era seca y frágil.

— Aquí, esperando a que recuerdes que tienes un hogar, —bromeó, pero no había reproche en su voz. Más bien cansancio.

— Bueno, aquí estoy en casa, —Atem esbozó una sonrisa. — ¿Cómo te sientes?

— Pues… Las piernas ya no son como antes, a veces me mareo. Es la vejez, hijo. Tú siempre corriendo por ahí, y yo aquí sentado, mirando cómo pasan los años, —su padre ajustó la manta en sus rodillas. — Bueno, ya está. Cuéntame, ¿cómo está todo en la ciudad?

Artem suspiró, pensativo. Quería contar todo: cómo el trabajo le agotaba las fuerzas, cómo a veces en la noche le invadía un sentimiento de vacío, cómo se daba cuenta de que estaba perdiendo algo, pero no entendía qué. Pero solo se encogió de hombros.

— Todo como siempre. Trabajo, ajetreo, tráfico. Cada día es igual que el anterior.

Su padre asintió.

— Lo importante es no despertarse un día y darse cuenta de que todos esos atascos y reportes no valieron la pena.

Su madre sirvió el té, sacó la olla de sopa de la estufa y se sentó junto a ellos.

— Estamos felices de que hayas venido, hijo. Siempre trabajando… Pero la vida no es solo eso.

Artem se quedó una semana. Durante esos días, notó cuánto habían cambiado sus padres. Su madre se cansaba más, a veces se detenía en medio de la habitación, como si olvidara por qué había entrado. Su padre ya no podía caminar sin su bastón, andaba despacio, apoyándose en él cada vez más.

Artem recordaba cómo su padre le había enseñado a andar en bicicleta, cómo lo llevaba sobre sus hombros por la nieve, cómo corrían todos en el patio. Ahora era él quien le ofrecía la mano al levantarse del sillón, sintiendo lo ligera, casi sin peso, que era esa mano ahora.

Pasaban por las viejas calles, entraban en tiendas conocidas, conversaban. Conversaciones sencillas, pero tan importantes. Sobre cómo el vecino Vasily finalmente vendió su casa de campo, cómo alguien en la casa de enfrente había conseguido un perro, cómo su madre había encontrado viejas fotos de infancia en el armario y quería revisarlas con él por la noche.

— ¿Recuerdas cómo te gustaba sentarte en el techo del garaje cuando eras niño? —de repente le preguntó su padre, sonriendo. — Siempre pensabas que si mirabas al cielo el tiempo suficiente, podrías aprender a volar.

Artem sonrió, asintió.

— Sí… entonces parecía que todo estaba por venir. Que el tiempo era infinito.

— No es infinito, hijo, —respondió su padre en voz baja. — Pero siempre puedes encontrar tiempo para aquellos que te esperan.

Antes de irse, estaba sentado con su madre en la cocina, escuchando el crujir del fuego en el horno y el goteo de la nieve derretida por la ventana. Ella le servía té en silencio, como tratando de alargar el momento, no dejándolo irse demasiado rápido.

— Vuelve más a menudo, ¿de acuerdo? —de repente dijo, sin levantar la vista. — El tiempo vuela, no te das cuenta cuando ya ha pasado.

Artem la miró. Sus ojos reflejaban una ligera tristeza, pero también el familiar calor materno. Asintió.

— Claro, mamá. Ahora vendré más seguido.

Ella asintió, pero él sabía que las palabras eran una cosa y los hechos otra muy diferente. No sabía si cumpliría esa promesa, pero en ese momento estaba convencido: no permitiría que el tiempo se escurriera entre sus dedos.

El tren ya había partido de la estación cuando sacó su teléfono y marcó el número de su madre. En el auricular sonó su voz, un poco cansada, pero todavía tan familiar.

— Mamá, acabo de irme y ya te extraño.

Ella se rió, y él sintió calidez por dentro. Artem sonrió, mirando por la ventana. A veces, para entender qué es realmente importante, solo necesitas volver a casa.

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